Entré en la cafetería de siempre a las ocho y diez. El reloj de pared iba cinco minutos atrasado desde hacía años. Pedí un café solo y me senté en la mesa junto a la ventana. El camarero no me miró. Nunca lo hacía. Dejé el móvil boca abajo, como una costumbre sin motivo, y abrí el periódico gratuito que alguien había olvidado. Las noticias se parecían a las de ayer.
Cuando el camarero dejó la taza, dejó también una foto. No dijo nada. La foto estaba boca arriba, como si hubiera caído así. La tomé entre los dedos. Era yo. Estaba sentado en esa misma mesa, con el mismo abrigo. La fecha impresa en el margen inferior era de mañana.
Miré alrededor. Nadie me observaba. La foto tenía un pliegue limpio en la esquina. Detrás, escrito con bolígrafo, había una hora: 08:10. La misma.
—Se le ha caído —dije al camarero.
—No —respondió—. Es suya.
Bebí un sorbo. El café estaba frío. Volví a mirar la foto. El yo de la imagen sostenía algo en la mano. Acerqué la foto. Era mi reloj. El que había perdido hacía meses en el metro.
Saqué el móvil. No tenía cobertura. Miré el reloj de pared. Marcaba las ocho y diez. Me levanté para pagar. En la caja, el recibo tenía la fecha de mañana. Se lo señalé al camarero.
—Siempre pasa —dijo—. Aquí el tiempo se queda.
Salí a la calle con la foto en el bolsillo. La mañana estaba quieta, como si el ruido hubiera decidido no empezar. Caminé hasta la parada del autobús. El panel electrónico indicaba “Retraso indefinido”. Me senté. A mi lado, un hombre hojeaba un cuaderno. En la portada, con mi letra, estaba escrito mi nombre.
—¿Eso es mío? —pregunté.
El hombre levantó la vista. Tenía mi cara, pero más cansada. Más vieja.
—Lo fue —dijo—. Ahora es de nadie.
Me devolvió el cuaderno. Dentro había listas. Nombres que reconocía. Fechas que no. En la última página, una nota breve: “No intentes corregirlo. Solo cambia el orden.”
—¿Qué orden? —dije.
—El de quién espera a quién.
El autobús llegó sin ruido. Subimos. No había conductor. Las ventanas reflejaban una ciudad que no coincidía con la que cruzábamos. Calles repetidas, edificios con el mismo portal una y otra vez. El hombre se sentó frente a mí.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunté.
—Lo suficiente para que dejes de preguntar eso.
El autobús frenó. Bajé solo. Estaba en la misma calle de la cafetería. Entré. El reloj de pared marcaba las ocho y diez. Me senté en la mesa junto a la ventana. Pedí un café solo. El camarero dejó la taza sin mirarme. Dejé el móvil boca abajo. Abrí el periódico. Las noticias se parecían a las de ayer.
El camarero dejó una foto. No dijo nada. La tomé entre los dedos. Era yo. Pero no era yo. Era el hombre del autobús, sentado en mi sitio. Detrás, escrito con bolígrafo, había una hora: 08:10.
—Se le ha caído —dije.
—No —respondió—. Es suya.
Me levanté. En el reflejo del cristal vi a alguien que no reconocí del todo. Pagué. El recibo tenía la fecha de ayer. Salí a la calle. El ruido había empezado. La gente caminaba con prisa. Vi pasar a una mujer con un niño de la mano. El niño llevaba mi antiguo reloj. Quise decir algo, pero no encontré palabras que encajaran.
Volví a la parada del autobús. El panel indicaba un horario normal. Me senté. A mi lado, un hombre hojeaba un cuaderno. En la portada, con una letra que ya no era la mía, estaba escrito un nombre que conocía.
—¿Es suyo? —me preguntó.
Negué con la cabeza. Miré la hora. Eran las ocho y diez. Esperé. El autobús llegó. No subí. Me quedé sentado, sosteniendo la foto de mañana, mientras el mundo seguía con su orden corregido, sin mí.
— FIN —

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